miércoles, 29 de junio de 2011

JUSTINO Y DECIO LES DIERON LICENCIA PARA LA INDISCIPLINA

El daño está hecho. Masivamente. Dejó desolación como una marabunta. Tragó todo a su paso. Los cadáveres no hay quien quiera enterrarlos. No hay inocentes. Culpables son los que callan sabiendo y los que hablan por los que callan. No hay inocentes.
Nada pasa. Ocho indisciplinados a la picota pública. No acudirán con la selección Sub 22, pero, para marzo, cuando llegue el Preolímpico en EEUU rumbo a Londres 2012, y bajo el engaño de "pos no hay más", regresará la mayoría al redil.

Para entonces serán más precavidos, más astutos, más castos, pero no diferentes. Que nadie se engañe: el castigo es de risa. El castigo real es la exposición pública de romper códigos de grupo. ¿Por qué 8 sí y por qué el resto no? ¿Merecen aplausos por atreverse al desahogo físico y merecen reprimenda los que reprimieron urgencias similares?
Pero ojo, que el castigo, sin ser ya ejemplar, por lo menos que no rebase la dimensión del daño mismo. Que no haga más daño el castigo que el daño mismo.
Analicemos partiendo del error hasta llegar al castigo, para entender el derecho al perdón.
La cultura de la exaltación del Juan Charrasqueado es una devoción muy mexicana: borracho, parrandero y jugador. Por eso Cuauhtémoc Blanco, con esos dones y sus atributos de futbolista y ese vértigo de neuronas, fue idealizado aunque dependiera más de sus hormonas.
Y en cambio no hay méritos en Chicharito Hernández, que a los 23 años tiene más monedas de oro para canjear y prefiere recluirse familiarmente antes que ceder a las tentaciones que escoltan y acarician tersamente los instintos del jugador.
El daño está hecho. Una parte de la sanción condena y otra parte perdona y otra más se mantiene indiferente. Es decir, la mayoría gana; que se monten monumentos a los cachondos.
El daño está hecho pues, y con la rapidez de la penitencia y la purga en el grupo, Justino Compeán y Decio de María se mantienen, arañados, raspados por el juicio público, pero impunes, inmunes, incólumes, inalcanzables.
Vayamos a lo futbolístico, donde también hay un daño y parece irreparable.
Se van ocho que eran parte de la apuesta y del trabajo. Se van ocho que habían amamantado un sistema de juego, un compromiso colectivo de cancha y los requerimientos del entrenador. Tiempo perdido: moralmente nunca entendieron, futbolísticamente de nada sirvieron las horas de trabajo.
Ya bastante modestas eran las aspiraciones del Tri-22 en la Copa América, y ahora, con una columna vertebral experimentada, queda la expectación por ver si una recopilación, que no es ya selección, de lo que había disponible, puede salvar la cruzada, porque, hay que recordar, algunos de los relevos estaban en pretemporada, es decir, en pleno trabajo físico, y para el futbol, están duros y tiesos, aunque dicen las ecuatorianas Magdalenas que los ocho exiliados estaban igual esa noche.
México pierde volumen de futbol con las ausencias y no lo recupera con los emergentes. El aporte de Marco Fabián, Jonathan, los campeones Cabrera y Cortez, por ejemplo, no acepta cuestionamientos. Jugadores con talento, potencia, inteligencia ofensiva.
Curiosamente el pasaje y el castigo condena a cuatro jugadores que eventualmente eran considerados para heredar la responsabilidad de Gerardo Torrado: Jonathan, Cabrera, Cortez y Hernández. ¿Irónico no?
Gana el Tri-22 con un jugador que debe ser el líder natural del equipo: Giovani dos Santos, que, curiosamente, pasa a ser un ejemplo venerable de cómo arruinar la vida por devaneos similares a los de los 8 suspendidos, sin olvidar el pasaje de su fotografía tirado en la calle, ebrio e inconsciente, tras la posada del Tottenham.
Gio es un ejemplo puntual, más que para todos, ante todos y hacia todos. Haberlo condenado en extremo, sin darle la oportunidad, primero por parte de Javier Aguirre y ahora por parte del Chepo de la Torre, habría sido una equivocación y una ionjusticia.
Gio es una confirmación de que los castigos podrán ser o no efectivos, pero el íntimo, personal y profundo análisis de conciencia del jugador, como la autoexpiación de Dos Santos, ese, es el más valioso.
Es decir, si hay que recuperar a los ocho, Giovani es la mejor exposición de que la reivindicación debe ocurrir de todas las partes, de quienes hoy censuran, acosan y castigan, y quienes hoy son enclaustrados en un penoso y lúgubre exilio, además de tener que rendir cuentas, más allá de sus familias, a su propia conciencia.
Debe quedar claro que pensar en el indulto para los ocho, no se debe a una cínica conveniencia de que el futbol mexicano podría necesitar de ellos en marzo, sino a que toda sentencia y penitencia caducan.
Ojo: se equivocaron, violaron una línea disciplinaria que sabían que existía, pero, ojo, tampoco puede por ello condenárseles a cadena perpetua. No mataron a nadie, cuando mucho, asesinaron las ilusiones de muchos puestas en ellos, y por ese "crimen" no hay código penal ni condenas.
Ya bastante es el escarnio que han sufrido en las redes sociales, en las cuales afirman incluso que algunos los vieron muertos de la risa, en desplantes de caradura, en pleno aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires.
Porque a veces se pierde la proporción: violaron un código de conducta de grupo de una selección mexicana, que representa, insisto, a un futbol, no a una nación. Si desde fuera una muchedumbre ociosa asegura que por estos jugadores y los cinco involucrados en el Clembuterol, México es un país de dopados y sexoadictos, el problema no es de 13 futbolistas, sino del error de interpretación desde fuera.
Cierto, hay una gran equivocación, pero, insisto, ¿estos ocho, como los otros cinco, deben agregar a su cédula de identidad o a su pasaporte un distintivo que de por vida diga que, o dieron unos positivo de Clembuterol, o recurrieron los otros a pagar placeres de estas Concubinas del amor fingido por kilos?
Un error a los 22 años no debe ser una cadena perpetua. Una suspensión semejante, en el deporte, aplica, por ejemplo, para quienes son reincidentes en dopaje.
Las condenas, los castigos, las penitencias, se imponen como correctivos a los que sigue el perdón absoluto.
El daño pues, está hecho. Para todos. No hay inocentes. Culpables son todos, hasta los impunes, acobardados y huidizos como Compeán y Decio.
Hecho el daño, debe llegar el beneficio, y ese sólo llega con el perdón y el derecho de todo ser humano a una segunda oportunidad.
Un principio de derecho en India es que el castigo no debe ser superior al daño del que infringe.
El filósofo chino Confucio decía: "Trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos".
Lejos de combatir ese riesgo, la FMF (Compeán y Decio) fomentó la indisciplina cuando vendió su alma a Rafa Márquez y a su epístola de protesta, que equivalía, y hoy equivale más que nunca, a carta blanca, a licencia irrevocable, para el desorden. Pero a ellos, nadie los juzga.

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